Que si Messi, que si Ronaldo, que si Kylian Mbappé, la atención sólo está en ellos y en unos pocos más. ¿Y los árbitros? ¿Quién se fija en ellos? ¿A quién le importan? Los árbitros son ese tipo de personajes que uno recuerda por sus errores y nunca por sus aciertos. Ya sea en las canchas de Qatar, cubiertas de un césped muy verde, muy fifí, o en los llanos terregosos y traicioneros de Naucalpan, los árbitros pocas veces son valorados en su justa medida. Esta es la historia de uno de esos árbitros. Un árbitro llanero y borrachín, al que un día se le olvidó la tarjeta roja.
La cruda que traía era espantosa. Tal vez todavía estaba medio pedo. Venía en vivo del bautizo del hijo del Manitas. ¿Y las tarjetas? Nomás estaba la amarilla. ¿Y la roja? Revisé la cartera. La mochila. La bolsa del uniforme. No estaba. ¿Y si había necesidad que expulsar a algún canijo? ¿Sin una tarjeta roja? No. Un árbitro sin sus tarjetas no es nada.
La cancha era una planicie de tierra y piedras, que se extendía formando una cuesta. O sea que el equipo que ocupara aquel extremo de la cancha, tenía clara ventaja sobre su rival, ya que llegar a su meta requería que el contrario jugara cuesta arriba. Claro que esto se compensaba pasado el medio tiempo, cuando venía el cambio de portería. Justicia futbolera. Los más rucos ya estaban pisteando alrededor de la cancha. Quién sabe quién sacó el Bacardí añejo, pero ya andaban bien entonados. Las doñitas iban y venían con sus hijitas. ¡Pura sabrosura! Cómo negar que lo mío, lo mío, son las gordibuenas. En una bocina, colocada sobre el cofre de un taxi, la voz de Bad Bunny sonaba a puro terciopelo: “Yo quiero comprarle un Ferrari a mi novia pero no puedo, no tengo dinero…”
Taxistas contra peseros: un clásico del fútbol llanero. Puros panzones. Pero muy maleados. De esos que te tiran el guadañazo, con y sin balón. En eso apareció el efectivo, el de los tacos de canasta con su bicicleta y su bote con salsa, y también traía unas caguamas bien frías. Para esa cruda feroz. Eso sí, ni modo que vieran al árbitro chupando antes del partido. Te desprestigias. Así que pedí que me pusieran la caguama en su respectiva bolsita pa llevar. Ora sí, rey. Como nuevo.
El primer tiempo fue como siempre. Patadas, empujones y el delantero de los taxistas, el Marradona, a punto de sufrir un paro cardíaco por meterse a jugar bajo los efectos del peyote. Quién lo manda. Y como el árbitro andaba bien crudo, los dejamos hacer lo que se les diera la gana. Lo que sea de cada quien, los peseros tocaban el balón mejor que los
taxistas. Un pelón tatuado, que acababa de salir del Reclusorio, conocido entre la flota, como el Culebra, la tocaba chulo. Ponía los pases en el área como si los pusiera con la mano. Lo malo es que no había quién le hiciera fuerte a la hora de clavar el balón en la portería de los taxistas. Digamos que el Culebra mandaba sendos bombones al área chica y sus compas le regresaban puras pinches calabazas. Puras vergüenzas. Igualito que la Selección del Tata Martino.
Pero el empate a cero no es un marcador que pueda mantenerse por mucho tiempo, cuando se trata de un partido llanero. En el llano la cosa es a morir. Ahí no hay medias tintas. ¡Cómo que cero, cero! ¡Nel! ¡O ganas o pierdes! Y en eso mucho tiene qué ver el canijo árbitro. Un árbitro influye, no sólo en el marcador de un partido, sino en el ritmo del juego. El árbitro da y quita; es el que permite que el balón corra. Él es el que pone el orden, el que marca la pauta. La cancha le pertenece.
De repente uno de los peseros, un chaparrito moreno de piernas cortitas y regordetas, tiró el pelotazo hacia adelante. El Culebra la bajó de pechito, y en vez de pasarla a alguno de los delanteros, que como ya se sabe eran unos troncos, prefirió hacerla personal. Se metió al área con el balón, y antes de que pudiera tirar, el defensa de los taxistas, un grandote, me lo recibió con una barrida. Dura pero legal. Al balón. El Culebra, que tenía el colmillo bien retorcido, se tiró al aire pidiendo el penal. Debí expulsarlo, por chapucero. Pero como no traía la maldita tarjeta roja, mejor fui y me paré en el manchón de penalti y apunté con el brazo hacia la portería de los taxistas. ¿Por qué marqué penalti sabiendo que no había sido? La verdad, porque el pinche partido estaba muy aburrido. Y con la cruda que me cargaba… Ni modo que regresara a mi cantón sin goles. Además yo le había apostado mil varos a los peseros. Ahí estaba la oportunidad para que el Culebra se consagrara como los grandes.
El Culebra se quedó mirando la portería, luego vio el balón a sus pies. Levantó la mirada y observó al portero de los taxistas; el tipo estaba inmóvil, los pies pegados a la tierra, la cadera balanceándose igual que los brazos. Los ojos fijos en el Culebra, como si con los ojos pudiera intimidarlo. Alrededor de la cancha todo era silencio. Los rucos dejaron de pistear. Las gordibuenas miraban expectantes. El Culebra no tomó mucho impulso, sólo el suficiente para pegarle al balón con toda su alma. El portero no se movió. Sus ojos sin parpadear se quedaron mirando el balón, el cual fue y se estrelló en el travesaño y luego salió despedido hacia arriba. Sin esperar a que el balón descendiera, el portero de los taxistas comenzó a festejar pegando de brincos. Ah, pero en el llano pasan cosas inesperadas. Y pasó que de pronto el balón cayó, y con el efecto endiablado que llevaba, nada más tocar la tierra, rebotó, y como si una fuerza invisible lo impulsara, fue y se metió directo en la portería ante la mirada atónita de todo el personal. Incluido el infame portero. Sí. La “mano de Dios” está en todos lados. Hasta en el llano.