Zipolite se haya enclavado en las soleadas costas de Oaxaca, cerca de Pochutla. Famosa, por ser una playa nudista y un pequeño paraíso para los fumadores de mota, a Zipolite también se le conoce por ser un lugar de aguas traicioneras, donde cuentan que se han visto sirenas. Muchas son las historias de ahogados y desaparecidos, unos tragados por el mar, otros arrastrados hasta el fondo por sirenas. Como aquel Sábado de Gloria que llegaron unos gringos queriendo filmar una escena para una película de piratas.
Es Sábado de Gloria, es la merita temporada alta. La playa es un hervidero. Los rayos del sol caen a plomo sobre la muchedumbre de cuerpos desnudos. Los hay de todos tamaños y colores. Algunos yacen tumbados sobre la arena esperando pacientemente que el sol les rostice el trasero. Por allá alguien ya se encendió un toque de mota, sólo Dios sabe cuántos lleva, sus ojos se pierden en las aguas del mar mientras el humo emerge de su boca pastosa. Sigue llegando gente. Vienen con sus bolsas llenas de comida para todo el familión.
Los compadres luego, luego sacaron el pomo. Es un Buchanans. Se ve que es gente conocedora. “Sírvase, viejón”, dice uno. “Pos de una vez, chingue su madre”, contesta el otro. Ya empezó a correr el arroz y el mole negro de gallina y las pescadillas con mucho chile. De pronto la voz de Julión Álvarez resuena como si fuera montada en la brisa. Los chamacos ya se están peleando, se abrazan y se revuelcan en la arena, se maldicen, y luego enfilan hacia las olas para darse un chapuzón. En Zipolite la vida es más sabrosa.
Repentinamente todas las miradas se clavan en las aguas azules. Un yate viene cruzando el horizonte. Es todo blanco y muy largo, debe medir más de veinte metros, con diseño aerodinámico, con muchos camarotes, tres niveles, es como una nave espacial. El yate viene remolcando una lancha atada a la popa. No es la típica lancha de un pescador de Zipolite, sino una más grande y estilizada, una lancha con remos, igual que las lanchas salvavidas de los barcos antiguos. A bordo de la lancha hay piratas. Bueno, son dobles de acción caracterizados como piratas. Se vienen asfixiando de calor. Son los piratas clásicos de una película hollywoodense.
Varios llevan aretes en las orejas y tatuajes. Hay uno con el ojo parchado. Es un negro. Alto y correoso. La barba crecida, la cabeza afeitada, tiene las manos atadas por la espalda y las ropas desgarradas.
Es el retrato de un condenado a muerte. Alrededor de la lancha las olas van y vienen azotando el casco con furia. Por todos lados se forman remolinos que hacen que la lancha se bambolee violentamente, como si en cualquier momento fuera a ser engullida por las toneladas de agua salada. El negro con el ojo parchado parece muy nervioso. En su cara se adivina el espanto. Otro tipo, que tiene un radio en la mano y no está vestido de pirata, le dice algo como para tranquilizarlo. El negro nomás jala aire y le pide que le limpie el sudor con agua que le resbala por la frente brillante.
De repente un montón de gente se reúne en la cubierta del yate. Algunos cargan cámaras, mientras otros acomodan pizarras de sol y tripiés. En minutos la lancha de remos, con los piratas a bordo, queda iluminada con los rayos del sol reflejados en las pizarras. Sobre las aguas aparecen tres jet ski con hombres con traje de buzo y chalecos salvavidas. Y dos cámaras más.
Entre la gente que permanece en la cubierta del yate, un gordo barbudo y desaliñado, que podría ser el director o el productor de la película, o ambos, grita por un altavoz: “Todos a sus posiciones, vamos a rodar”. En la lancha los piratas cogen los remos. Uno, que parece ser el capitán, desenfunda un sable de utilería, que aunque es de madera pintada, se ve amenazante. El negro da un paso y se para sobre la quilla de la lancha. Está temblando. Los tipos de los jet ski están atentos. Las cámaras lo tienen encuadrado en primer plano. Las olas revientan por todos lados.
“Corre cámara, ¡acción!”, exclama el gordo del megáfono desde el yate. En la lancha el capitán aguijonea con su sable de utilería la espalda del negro. El negro está a punto de saltar de la lancha, igual que lo hacen los polizones en las películas de piratas. Pero antes, con el único ojo disponible, observa el panorama frente a él. Olas y más olas. Millones de litros de agua. A lo lejos, entre los remolinos, descuella un enorme atolón de piedra. Los pinzones revolotean en el cielo.
El negro da un paso al vacío y se deja caer. El agua espumeante cubre su cuerpo. Comienza a hundirse. Debe contar hasta ocho antes de salir a la superficie. La cuenta le parece eterna. Y cuando pretende nadar hacia arriba, siente que lo jalan. De un manotazo se desprende el parche y mira hacia abajo, el agua salada le hiere los ojos, los rayos del sol que se cuelan desde la superficie lo enceguecen. Aun así pude ver una silueta, es como un brazo que lo jala con fuerza hacia abajo. Abre la boca instintivamente, como para gritar de horror. El agua se le mete a la garganta y luego a las narices. Se está ahogando. Siente que la cabeza le explota.
Y entonces ve otra silueta relumbrando entre las aguas. Es uno de los tipos de los jet ski, quien lo sujeta del cuello y lo lleva con él hasta la superficie. Mientras asciende, a Marcus todo eso le parece tan irreal. ¿Será que ya está muerto y que aún no lo sabe? ¿Así es como se siente morirse? ¿Cómo un pesado sueño del que no se puede despertar por más que se quiera? La voz del gordo del megáfono lo hace volver en sí abruptamente. “Esta toma quedó buena -explica el gordo- pero como que a Marcus le faltó actitud. Vamos a hacer otra toma. Todos a sus posiciones. Actitud, Marcus, actitud”.